Galleta dixit

A partir de esta noche me declaro curada de la extraña afección de considerarme una galleta (pero de chocolate, ¿eh?). ¡Ya soy una persona seria! Y sólo me dedico a cosas serias: como investigar nuevos blogs de madrugada y cambiar rápidamente de identidad sin necesidad de doble personalidad o alcohol (que conste en acta). Por eso, ruego sean amables de enviarme una foto que sustituya a mi vaquita (sí, la ex-chocolate de galleta) y sugerencias de nombre para el nuevo y reconvertido blog. Disculpen si mi castellano es demasiado culto para ustedes, llevo años leyendo a los clásicos de verdad (no como otros por ahí que yo me sé…, ejem, sir Lancelot y Ununcuadio y para qué hablar de urian) y además ya soy filóloga. Hablando de urian: tengan cuidado, parece médico pero tiene trazas de asesino potencial, en cualquier caso contacten conmigo antes de leer cualquier cosa recomendada por él, ¿de acuerdo?

Queda inaugurada oficialmente la nueva etapa del blog

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El sentido de la intimidad

El otro día iba en el autobús pensando que hemos perdido casi completamente el sentido de la intimidad. Y no, no me refiero a las parajes que se besan en los bancos del parque como si no hubiera un mañana, que también. Me refiero a esas actividades cotidianas, más simples, que antes pertenecían al ámbito de lo privado y que ahora parece que son de dominio público.

¿Quién no ha visto ya, a estas alturas, a una chica maquillándose o peinándose en el metro, mientras se contempla en el cristal? Yo he llegado a ver a una mujer limándose las uñas, y alguien me comentó que incluso había visto a alguien cortándose las uñas en el autobús. En principio, no tengo nada en contra de que alguien saque un lápiz de labios y se repinte los labios en el autobús, o donde sea, usando uno de esos espejitos portátiles; pero creo que una cosa es eso, y otra cosa es ponerse la base de maquillaje, los polvos, la máscara de pestañas y el colorete. No sé, es que queda raro, es como descubrir la mentira, descorrer el telón. Esas cosas antes se hacían en el baño de chicas, delante del espejo; no en un vagón de tren frente al cristal. Y no hablemos ya de limarse o cortarse las uñas.

Algunos me diréis que en el metro ahora todo el mundo va a su bola: todos vamos absortos en el libro, el móvil, el ipod, el ipad, el e-book, nuestra conversación o el ganchillo. Sin embargo, creo que no es motivo suficiente como para olvidar que hay cosas que son sólo nuestras, y que está bien que lo sigan siendo.

Otro motivo de desasosiego en el metro y en el autobús son las conversaciones que mantiene la gente a voz en grito delante de completos extraños. Y a no ser que lleves cascos, es imposible obviarlas, así que no es cuestión de ser más o menos cotillas. Tanto señoras que hablan en el autobús a grito pelado de tragedias familiares, como gente que habla por el móvil de temas que mejor trataría en un espacio más privado. No creo que sea cuestión de ir silencio, sino de vigilar de qué se habla, porque creo que hay cosas que la gente no tiene por qué escuchar. Sé que en principio todos somos perfectos desconocidos, pero ¿y si resulta que un día no es así? A mí me ha sucedido escuchar a varios chicos decir barbaridades en el metro, y que uno de ellos resultase ser hijo de un amigo de la familia. ¿Con qué cara le miras cuando te lo encuentras?

Por supuesto, en esto influye mucho el tono de voz, y el momento. No es lo mismo hablar en un vagón bullicioso, en el que todas las conversaciones quedan disimuladas, que en un autobús silencioso donde todos te van a entender perfectamente. Y por supuesto, hay tonos y tonos de voz. Dos amigas sentadas en el metro hablando en un tono de voz normal tirando a bajito, son algo muy diferente a dos mujeres que hablan como si quisieran que todo el vagón se enterara de lo que dicen.

Supongo que algunos pensaréis que estoy siendo demasiado quisquillosa, pero sinceramente, creo que no estaría de más revalorizar el sentido de la intimidad. Esto sería extensible también a los cotilleos, al modo de vestir, a muchas cosas… Pero creo que son estas pequeñas cosas del día a día las que sirven como indicativo del poco aprecio que tiene la gente a su intimidad.

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Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer

Así es como se titula el informe de la RAE que tanto ha dado que hablar estos días. Y es increíble la cantidad de gente que parece que ha opinado sin habérselo leído siquiera. Por eso, porque es estupendo y creo que nada de lo que yo pueda decir puede sustituir su lectura, dejo aquí el enlace al informe.

Una vez dicho esto, he leído varios comentarios aquí y allá que aluden a un supuesto “machismo” del redactor para paliar su falta de contra argumentos. Pues bien, yo conozco personalmente a Ignacio Bosque (he sido una de sus alumnas de sintaxis) y, ahora que ya no me da clase, puedo decir sin miedo a ser tachada de pelota que ese hombre es un genio con todas las letras y que, además, es humilde, amable y está todo lo lejos que se puede imaginar de ser un machista.

Igual que todo el mundo cortamos carne y por eso no nos creemos carniceros, porque todos hablemos español no somos lingüistas. E intentar imponer una forma artificial de lenguaje es algo que un buen lingüista del siglo XXI jamás haría, porque las lenguas son elementos vivos que van siendo modelados por el uso, y los usos impuestos no suelen triunfar. Pero claro… el lenguaje es una fuente de poder (os recomiendo leer 1894 de George Orwell), y la tentación de manipularlo para los propios fines es muy grande. Pero, en serio, ¿de verdad alguna mujer necesita una constitución redactada como la de República Bolivariana de Venezuela para sentirse “visibilizada”?

«Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y de aquellos contemplados en la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional.»

«Para ejercer los cargos de diputados o diputadas a la Asamblea Nacional, Ministros o Ministras; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de Estados y Municipios no fronterizos, los venezolanos y venezolanas por naturalización deben tener domicilio con residencia ininterrumpida en Venezuela no menor de quince años y cumplir los requisitos de aptitud previstos en la ley.»

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Cómo tratar a las personas que han perdido a un ser querido

El 16 de junio ha hecho tres años que murió mi padre. Es raro, porque a veces parece que hace un milenio, y otras que fue hace dos días. Mi madre, en cambio, el 31 de Agosto hará quince años (se dice pronto) que falleció. Pero en lugar de hacer una larga y dolorida entrada sobre lo muchísimo que los echo de menos (especialmente a mi padre) y lo duro que es vivir todo esto, voy a intentar ayudar a toda la gente que conoce a personas en mi misma situación (es decir, gente joven que ha perdido prematuramente a sus padres) y mete la pata con ellas a lo grande por no saber cómo tratarlas. Aviso que, como ya sabéis, no soy psicóloga, y sólo me estoy basando en mi experiencia (y en lo que he leído sobre el duelo, que no ha sido poco) para tratar de echar una mano.

1.- Creo que en esta época las muertes no se saben llevar bien. La muerte no es algo que se tenga presente; es más, se intenta maquillar y ocultar. Hacemos como que no pasa. Por eso, las personas se incomodan si les mencionas que has perdido a tus padres. Se ponen nerviosas, te miran como si te fueses a romper en cuestión de segundos y después bajan la vista al suelo. Suelen murmurar “lo siento”, como si ellos tuvieran la culpa de que los tuyos hayan fallecido. Esto lleva a que la persona en cuestión tenga que decir: “No pasa nada”. Es algo muy triste tener que decir eso, especialmente porque es mentira. Sí que pasa. Así que, chicos, en vez de decir “lo siento”, podéis probar a usar una frase muy tradicional y muy bonita: te acompaño en el sentimiento. Es muchísimo más consoladora, porque hace que los que hemos perdido a alguien no nos sintamos solos. Y si se dice con sentimiento y sin nerviosismo, sin que parezca que te mueres por cambiar de tema, pues mejor.

2.- Desterrad de vuestro vocabulario la palabra superar. Porque, en realidad, lo que parece que todo el mundo piensa (y algunos bocazas hasta lo dicen) cuando cuentas algo así es: “Tienes que superarlo, y tiene que ser ya.” En esta sociedad tan moderna y tan automatizada no hay tiempo para los duelos. Estar triste queda mal, es políticamente incorrecto. Y entonces, hay que superarlo. Pero nadie te dice cómo, por supuesto. Además, ¿qué demonios es superar? Según la RAE, superar es “ser superior a alguien”; “vencer obstáculos o dificultades”; o “rebasar, dejar atrás”. Bien, pues algo está muy claro: nadie puede “dejar atrás” la muerte de sus padres. El dolor que sientes cuando pasa eso, es algo que no superas nunca, siempre lo llevas contigo. Lo que sucede es que, como no podríamos vivir con ese dolor tan intenso toda la vida, el dolor se va haciendo más pequeño conforme pasa el tiempo, hasta que es una lagrimita que llevas durante toda tu vida, y que sólo se reaviva en algunas ocasiones. Pero que el dolor amaine lleva tiempo, no es algo que se borre en una noche.

La duración media del luto por la pérdida de un padre o de una madre es de dos a cuatro años; a veces, incluso más. En ocasiones, como fue mi caso, el duelo se paraliza porque algún médico no muy bien informado receta antidepresivos a la persona que está pasando el duelo, y ese tiempo no se contabiliza porque es de una felicidad artificial. Suele ser al dejar los antidepresivos cuando el dolor vuelve (generalmente con mayor intensidad que si no se hubieran recetado) y se puede continuar el duelo.

Entonces, os preguntaréis, ¿qué podemos hacer para ayudar? Pues, para empezar, dejad a la persona estar triste. Sí, como lo leéis. Dejadla echar de menos a su familiar, pero estad siempre a su lado. Sacadla de fiesta, id al cine con ella, pero no la obliguéis a estar alegre. Cuando haya pasado un tiempo prudencial ella solita se recuperará. Y atosigarla diciéndole que “lo supere” no va a ayudar en nada.

3.-Hablar de la brillante vida que nos espera por delante, decirnos que está en el Cielo o que todo sucede por alguna razón NO AYUDA. Quizá más adelante sí, pero no los primeros años. Y por supuesto, quitar importancia a lo sucedido es algo que nunca debéis hacer. Es algo que ofende y duele. Las frases como “¡Ah! Pero fue cuando tú tenías seis años… Entonces no te enteraste de nada” sobran. La pérdida de los padres siempre se siente, incluso cuando no se llegan a conocer.

4.- Dejad las comparaciones. No es para nada adecuado, y no ayuda nada, decir como respuesta a “mi padres han fallecido” “¡Ah, pues mi abuela se murió hace cinco años!” o “Pues mi tío segundo se mató en un accidente de tráfico” Porque a no ser que vivieras con tu abuela y no tengas madre y, por lo tanto, tu abuela sea como una madre para ti, las experiencias no tienen psicológicamente nada que ver y lo único que vais a lograr es que la persona en duelo se sienta incomprendida y piense que vuestra insensibilidad no tiene límites. Y por supuesto, también está fuera de lugar decir: “Pues yo conocí a un chico al que se le murieron los padres a los diez años en un accidente de coche y él se quedó tetrapléjico y nadie se hizo cargo de él.” Ajá. Siempre hay alguien con una situación peor, todos lo sabemos. Esto no es un concurso de “a ver quién es más desgraciado”. Respetad el dolor ajeno.

La única excepción a todo esto es cuando tú (y digo tú, no tu primo, tío, familiar lejano) estás en el mismo caso. Es muy diferente, porque en ese caso dos personas en duelo se pueden entender y ayudar mutuamente. También es un caso excepcional cuando de nuevo tú (y no tu primo, tío, familiar lejano) tienes un familiar que ha fallecido del mismo tipo de enfermedad (por ser una enfermedad larga, corta, etc.) y que lo has vivido muy de cerca y piensas que compartirlo con la persona afectada os puede ayudar a los dos. Es muy distinto decir: “Pues mi abuela se murió hace tres años” (Otra vez, esto no es un concurso), que decir: “Pues, sé que no es lo mismo, pero mi abuela se murió hace tres años de tal cosa y me sentí así y así. ¿Tú cómo lo llevas?” Parece que se dice lo mismo, pero lo que transmite es completamente diferente.

5.- No hagáis como si la persona fallecida no existiera. Lo creáis o no, una de las cosas de las cosas que más desespera al principio a las personas en duelo es pensar que el ser querido va a ser olvidado. Nos consuela saber que no somos los únicos que le echamos de menos o que le recordamos. Así que no temáis mencionarlo, hablar de él, contar anécdotas que conozcáis… Y esto nos lleva al sexto punto:

6.- Dejad a la persona hablar de su ser querido.  A veces parece que nadie va a perder un segundo de su vida (a no ser que le pagues) para sentarse a tu lado y preguntarte: “¿Cómo llevas lo de tu padre?” Y dejarte hablar de él libremente, el tiempo que necesites. De cómo era, de lo que te gustaba de él, de lo que detestabas… Porque si empiezas a hablar de la persona fallecida con tus amigos, generalmente te cortarán y te dirán que no debes pensar en esas cosas, que lo olvides, que lo superes (otra vez esa maldita palabra). Craso error. Justamente hablar es lo que la gente muchas veces necesita. Así que sed pacientes y escuchadla. Aunque cuente lo mismo una y otra vez, aunque llore, aunque os aburráis… No dejéis de escucharla, porque hablando y sacando lo que lleva dentro se sentirá mucho mejor y podrá pasar el duelo. Incluso cuando el duelo haya acabado, necesitará al menos una vez al año rememorar a esa persona y contar de nuevo sus anécdotas y sus vivencias. De ahí que en muchas culturas, por ejemplo la gallega, exista la tradición del cabodano (en gallego) que no viene a ser otra cosa que recordar cada año la fecha en la que falleció el ser querido.

Entonces, ¿cómo saber cuándo una persona necesita ayuda? Pues si al cabo de año y medio el dolor no se ha mitigado en absoluto y le cuesta horrores llevar una vida más o menos normal es el momento de pedir ayuda a un psicólogo. Pero, ¡cuidado! No todos lo psicólogos saben llevar estos temas.  Así que informaos bien antes de empezar terapia con alguno. Y tened mucha paciencia. Un duelo incompleto o mal llevado puede dar lugar a la larga a ansiedad y depresión.

Espero que mis consejos os sean útiles y os ayuden a tratar con más normalidad a las personas que han perdido a alguien. Como he partido sobretodo de mi experiencia, no sé si a lo mejor he sido demasiado subjetiva, así que si alguien tiene alguna sugerencia o algo que aportar, espero vuestros comentarios.

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Martín Fierro, de José Hernandez

¡Hola a todos! Sé que hace siglos que prometí esta entrada, pero no he tenido mucho tiempo. En fin, pasemos al tema.

José Hernandez (1834-1886) fue un escritor, militar y político argentino autodidacta cuyas obras más importantes fueron El gaucho Martín Fierro (1872) y La vuelta de Martín Fierro (1879). Para entender la importancia de estas obras, hay que tener presente el marco socio-político de Argentina en esos años.

Después de la dictadura de Rosas, la prioridad de los siguientes gobiernos argentinos fue lo que llamaron “la Conquista del Desierto” que, en realidad, ni era desierto, ni había por qué conquistarlo. Lo que llamaban eufemísticamente “desierto” no era otra cosa que la Pampa, habitada por gauchos e indios. Los gauchos eran ganaderos que vivían sumergidos en la naturaleza de la Pampa, y eran unas figuras peculiares y algo salvajes. El propósito principal de la Conquista del Desierto era expulsar a los indios del territorio argentino, pero como para los políticos de mentalidad neoclásica de la época, sedientos de civilización, el gaucho venía a ser tan salvaje como los indios, idearon una estratagema perfecta para matar dos pájaros de un tiro: reclutar a la fuerza a los gauchos y enviarlos a la frontera a luchar contra los indios en condiciones insalubres y a veces infrahumanas. Allí enviaban también a los maleantes, de manera que los fortines se convirtieron en cárceles gigantes.  Sarmiento, presidente de Argentina entre 1868 y 1874, llegó a escribir: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos”

José Hernandez, en su etapa de militar, estuvo al frente de uno de estos fortines y conoció de primera mano la situación de los gauchos. No dudó en denunciarla varias veces, e incluso se levantó contra el gobierno central y tuvo que ir al exilio. Allí fue donde escribió El gaucho Martín Fierro, un canto a la vida de los gauchos, en el que el gaucho se expresa por primera vez libremente en primera persona en su propio lenguaje  y relata sus sufrimientos.

El libro tuvo tantísima fortuna que los gauchos mismos lo cantaban de memoria en las pulperías (establecimientos de abastecimiento básico y a la vez tabernas donde solían reunirse), y posteriormente José Hernandez llegó a ser conocido como “el senador Martín Fierro”. Escribió después una segunda parte, La vuelta de Martín Fierro, algo menos revolucionario y más conformista, pero literariamente más perfecta.

En el libro, Martín Fierro nos canta su vida, una vida llena de sufrimientos, en la que se le ha obligado a abandonar a su mujer y a sus hijos, a luchar por causas ajenas y a vivir como un marginado.

“Y sepan cuantos escuchan / de mis penas el relato, / que nunca peleo ni mato / sinó por necesidá, / y que a tanta adversidá / sólo me arrojó el mal trato. // Y atiendan la relación / que hace un gaucho perseguido, / que padre y marido ha sido / empeñoso y diligente, / y sin embargo la gente / lo tiene por un bandido”

Es llamativa, además, la comprensión que tiene el gaucho para con las mujeres. Por ejemplo, cuando se entera de que tras su ausencia, su mujer se ha ido con otro, canta:

“¿Qué más iba a hacer la pobre / para no morirse de hambre?”

Sobre su estancia en la frontera, opina:

“El gaucho no es argentino, /  sino pa hacerlo matar.”

Además, en la obra se defiende la integración de los negros dentro de la nación Argentina:

“Bajo la frente más negra, / hay pensamiento y hay vida. / La gente escuche tranquila. / No me haga ningún reproche: / también es negra la noche, / y tiene estrellas que brillan.”

Hay, como vemos, descripciones e imágenes de un profundo lirismo y de gran colorido. Tiene, además, momentos de gran ternura, como el reencuentro de Martín Fierro con sus hijos y los consejos que les da;  la muerte de Cruz, el amigo de Martín Fierro; cuando en tierra de indios defiende a una mujer blanca y la ayuda a escapar, después que un indio matara a su hijo, etc.

Al cabo del tiempo, este libro logró convertir a un marginado social en paradigma de la esencia argentina y lo elevó al estatus de héroe literario. Como anécdota, se llegó a escribir un libro llamado El Evangelio según San Fierro, de Francisco H. Orellano, en el que se relata el contenido del Evangelio de San Juan, pero en lenguaje gaucho. Para muestra, un botón:

Sigún Juan Evangelista,
hubo casorio en Caná
y en es´oportunidá,
allí se habían dao cita
Jesús con su madrecita
y los suyos en verdá.

En lo mejor de la fiesta,
llegó a faltar el ‘carlón’; 
no fue chico el apurón
de los novios, por supuesto,
y ansí María, viendo esto,
dijo a su hijo en la ocasión:

“No tienen más vino, mi´hijo,
el tinto se ha terminao…”
Y Cristo dijo extrañao,
sin que lo oyeran los otros,
“¿Qué nos importa a nosotros
si mi hora aún no ha llegao?”

“Cualquier cosa qu´el nos diga
-dijo María- hagalán…”
Había allí en el zaguán
seis virques o botijones,
pa las purificaciones
de los judíos, sabrán.

“Llenen los cántaros de agua”
a los mozos ordenó
y al prencipal le mandó:
“lleven que pruebe el moscato
al maestre de inmediato.”

Y este al probarlo gritó:
“Todos sirven al comienzo
el vino fino y, después
que han chupado bien el jerez,
sirven del más ordinario,
mas vos has hecho al contrario”
le dijo al novio esa vez.

Ansí, amigasos, con este
milagrito flor y flor
comenzó nuestro Señor
su pública trayectoria
y manifestó su gloria
en Caná y derredor.

Cristo hizo al revés de muchos
“fraccionadores” tal vez, 
que con gran desfachatez
sacan tinto del tanino
y en agua cambian el vino
y de un litro sacan tres.

Ahora, vosotros decidís si vale la pena leerlo. Yo creo que sí.

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Sin rumbo, de Eugenio Cambaceres

Sin rumbo, es la tercera novela -de las cuatro que escribió- de Eugenio Cambaceres (Buenos Aires, 1843- París, 1888) un escritor, político y dandy del siglo XIX. La novela  se considera naturalista por la pintura desgarradora que hace de los instintos, el hastío y el vacío existencial que puede llegar a dominar a los seres humanos.

Es una novela corta, fácil de leer, pero sumamente desagradable. No por las descripciones en sí, sino por lo que hay detrás. Toda la novela es una denuncia del pesimismo y el horror de vivir al que han llevado las filosofías nihilistas y decadentistas finiseculares, incidiendo especialmente en la filosofía destructora de Schopenhauer. Por esto, llama a estos filósofos “los grandes demoledores humanos”.

Y es que, la influencia de Schopenhauer en la vida del protagonista -y en la del propio Cambaceres,  hasta que encuentra la estabilidad con Luisa Bacichi, el amor de su vida- es manifiesta. De hecho, en su opinión sobre las mujeres y la exaltación de la poligamia que hace en la obra, están muy presentes los ecos del ensayo de Schopenhauer Sobre las mujeres (Francia, 1880). Esto es llamativo, porque parece escribe la obra para condenar precisamente todo eso que le había influido antes, usando un hábil juego de dos voces narrativas: la del protagonista, desesperada; y la del narrador-autor que juzga las causas de esa desesperanza. Introduce también elementos biográficos, como su lío de faldas con una cantante de ópera (un escándalo en la época) y la muerte de su única hija. Hemos de tener en cuenta que escribe esta novela desde la estabilidad, cuando su vida ya está emocionalmente encauzada, al menos.

Esta novela te hace reflexionar sobre la influencia y la responsabilidad que tienen los filósofos e intelectuales sobre la vida de las personas. Es decir, una simple teoría filosófica puede llevar al pesimismo más absoluto a una generación entera porque está en la forma mentis de la época. Así como Descartes condujo inevitablemente al relativismo (por el que aún seguimos influenciados, aunque sólo un 5% de la población haya leído a Descartes), Nietsche y Schopenhauer llevaron al nihilismo, y Sartre al existencialismo. Y vuelvo a repetir, casi nadie a leído a ninguno de ellos, pero es algo que “está en el ambiente”. Por lo tanto, es muy grande la responsabilidad que tienen con la sociedad y su evolución, como bien vio Platón. Y esto es algo que se refleja muy bien en la novela.

Para mí, ésta es una novela interesante, aunque no sea de mis favoritas, ya no sólo por los cuadros costumbristas o como muestra de la técnica naturalista, sino también porque hace reflexionar, no te deja indiferente. Eso sí, no sería una de mis prioridades de lectura, ni tampoco una lectura de recreo; pero si tenéis interés o curiosidad por ver las consecuencias de determinada filosofía en una época, ésta es vuestra novela.

Dejando a un lado la novela, su pesimismo vital y sus escarceos amorosos, creo que Cambaceres hizo cosas dignas de “un tío grande”, como diría mi padre. En 1874, cuando resulta elegido para el Congreso Nacional, en un discurso denuncia los fraudes electorales en los que ha incurrido su propio partido y pide la anulación de las elecciones. ¡Toma ya! Ojalá tuviéramos ahora políticos así. ¿Veis como era un tío grande?

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María, de Jorge Isaacs

El rayo que rasga las nubes y cayendo sobre la copa del moabab lo despedaza, como tu planta deshace una de sus flores secas; las estrellas que como el oro y perlas que bordan tus mantos de calín, tachonan el cielo; la luna, que te place contemplar en la soledad dejándote aprisionar entre mis brazos; el sol que bruñó tu tez azabache y da luz a tus ojos, sol ante el cual el fuego de nuestros sacrificios es menos que el brillo de una luciérnaga: todas son obras de un solo Dios. Él no quiere que ame a otra mujer que a ti; él manda que te ame como a mí mismo; él quiere que yo ría si ríes, que llore yo si lloras, y que en cambio de tus caricias te defienda como a mi propia vida; que si mueres llore yo sobre tu tumba hasta que vaya a juntarme contigo más allá de las estrellas, donde me esperarás.

Creo que esta larga cita recoge el espíritu romántico de esta novela de Jorge Isaacs, un colombiano nacido en 1837 y que también fue poeta, periodista y político. Personalmente, me parece una contradicción profunda ser poeta y político a la vez, algo así como estudiar derecho y escribir poesía, pero supongo que algunas personas llevan la contradicción en el alma.

La verdad es que a mí me costó un poco acostumbrarme al estilo de la novela, un poco empalagoso para mi gusto, pero al final me gustó bastante porque entre tanto romanticismo uno encuentra cosas realmente interesantes, como el tema de la esclavitud, los tipos populares, e incluso la propia concepción romántica del amor del poeta.

Personalmente, mi parte favorita de la novela, más que la consabida historia de amor entre Efraín y la perfectísima María, es la historia intercalada de Nay y Sinar, la historia de amor entre dos miembros de tribus africanas contrarias que acaba abruptamente cuando Nay es vendida a los mercaderes de esclavos, que emana una profunda ternura y atrapa completamente la atención del lector. Además, al tratar sobre el drama de la esclavitud, pone de relieve algo que en la época aún no tenían muy claro: que los esclavos eran personas y que, como tales, tenían sentimientos. A esta historia pertenece la cita que he reproducido; concretamente, del momento en el que Sinar le confiesa a Nay que se ha convertido al cristianismo.

Por otro lado, otro aspecto que me ha llamado la atención de la obra y en el que no caí hasta leerme la introducción crítica, pero que yo de alguna forma intuía, es la sensualidad velada que desprende la obra, que se halla precisamente en las descripciones de la naturaleza y en la exaltación de la castidad.

Cuando lees que a Efraín le gustaba contemplar los brazos o los hombros desnudos de María o que le rozase su vestido, sabes que ahí hay algo más; lo curioso es que a veces exalta la pureza o la castidad de María como si estuviese justificando sus acciones a cada paso y, para mí, eso responde al dicho excusatio non petita accusatio manifesta. Aunque el ideal romántico es un amor puramente espiritual, es obvio que el amor de Efraín no es precisamente así: Efraín desea a María, y por eso y porque la ama, se quiere casar con ella. Por eso, para mí este amor no es tan romántico como parece, sino un amor real y pleno que podría tener vigencia hoy mismo.

Además, si recordamos otras escenas como la conversación de Efraín con Salomé, nos daremos cuenta de que Efraín siente también atracción hacia ella, y que Salomé no es tan inocente como parece. Y, desde mi punto de vista, el encanto de Efraín recae justamente en eso que, aún conociendo los encantos de otras mujeres, sabe ser fiel y amar a María.

Algo que fue también muy gracioso descubrir en la lectura es cómo una excesiva exaltación de la castidad puede tener el efecto contrario, ya que lo casto evoca por implicación lo sensual, por eso algún crítico condenó vehementemente La Diana de Jorge de Montemayor, una novela que “exalta la castidad en cada página”.

En conclusión, creo que es una novela preciosa y que merece ser leída, ya no sólo como ejemplo de novela romántica/costumbrista hispanoamericana, sino también como un libro actual que nos habla de algo que nos afecta a todos -el amor y la muerte- y que, además, nos hará pasar un buen rato (aunque alguna acabe llorando, seguro).

Pronto escribiré otra entrada sobre Sin rumbo, de Eugenio Cambaceres; hasta entonces… ¡sed felices!

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