El sentido de la intimidad

El otro día iba en el autobús pensando que hemos perdido casi completamente el sentido de la intimidad. Y no, no me refiero a las parajes que se besan en los bancos del parque como si no hubiera un mañana, que también. Me refiero a esas actividades cotidianas, más simples, que antes pertenecían al ámbito de lo privado y que ahora parece que son de dominio público.

¿Quién no ha visto ya, a estas alturas, a una chica maquillándose o peinándose en el metro, mientras se contempla en el cristal? Yo he llegado a ver a una mujer limándose las uñas, y alguien me comentó que incluso había visto a alguien cortándose las uñas en el autobús. En principio, no tengo nada en contra de que alguien saque un lápiz de labios y se repinte los labios en el autobús, o donde sea, usando uno de esos espejitos portátiles; pero creo que una cosa es eso, y otra cosa es ponerse la base de maquillaje, los polvos, la máscara de pestañas y el colorete. No sé, es que queda raro, es como descubrir la mentira, descorrer el telón. Esas cosas antes se hacían en el baño de chicas, delante del espejo; no en un vagón de tren frente al cristal. Y no hablemos ya de limarse o cortarse las uñas.

Algunos me diréis que en el metro ahora todo el mundo va a su bola: todos vamos absortos en el libro, el móvil, el ipod, el ipad, el e-book, nuestra conversación o el ganchillo. Sin embargo, creo que no es motivo suficiente como para olvidar que hay cosas que son sólo nuestras, y que está bien que lo sigan siendo.

Otro motivo de desasosiego en el metro y en el autobús son las conversaciones que mantiene la gente a voz en grito delante de completos extraños. Y a no ser que lleves cascos, es imposible obviarlas, así que no es cuestión de ser más o menos cotillas. Tanto señoras que hablan en el autobús a grito pelado de tragedias familiares, como gente que habla por el móvil de temas que mejor trataría en un espacio más privado. No creo que sea cuestión de ir silencio, sino de vigilar de qué se habla, porque creo que hay cosas que la gente no tiene por qué escuchar. Sé que en principio todos somos perfectos desconocidos, pero ¿y si resulta que un día no es así? A mí me ha sucedido escuchar a varios chicos decir barbaridades en el metro, y que uno de ellos resultase ser hijo de un amigo de la familia. ¿Con qué cara le miras cuando te lo encuentras?

Por supuesto, en esto influye mucho el tono de voz, y el momento. No es lo mismo hablar en un vagón bullicioso, en el que todas las conversaciones quedan disimuladas, que en un autobús silencioso donde todos te van a entender perfectamente. Y por supuesto, hay tonos y tonos de voz. Dos amigas sentadas en el metro hablando en un tono de voz normal tirando a bajito, son algo muy diferente a dos mujeres que hablan como si quisieran que todo el vagón se enterara de lo que dicen.

Supongo que algunos pensaréis que estoy siendo demasiado quisquillosa, pero sinceramente, creo que no estaría de más revalorizar el sentido de la intimidad. Esto sería extensible también a los cotilleos, al modo de vestir, a muchas cosas… Pero creo que son estas pequeñas cosas del día a día las que sirven como indicativo del poco aprecio que tiene la gente a su intimidad.

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Acerca de Galleta

Sí, soy una galleta. Una galleta que es una filóloga hispánica reciente y a la que le gusta leer, mirar las estrellas y escribir por encima de cualquier cosa. ¡Ah, y el chocolate!
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8 respuestas a El sentido de la intimidad

  1. Ununcuadio dijo:

    Muy buena entrada!! Qué bien que vuelvas a escribir!!! 😉

  2. urian dijo:

    Por favor, ununcuaidiota, ahorra comentarios ñoños (en su tercera acepción).

    Las palabras no son algo gratuito que se pueden desperdiciar. Usa las justas.Si no, nunca escribirás.

    Y por tu culpa, Galleta se queda sin mi comentario. Eso que gana.

  3. Ununcuadio dijo:

    Hola!!!
    Justo ayer en el tren de vuelta de Madrid me pasó algo similar… Además de que venían un montón de gente a los Sanfermines (en el vagón se hablaba mucho inglés, y a un grupo de cuarentones mexicanos les mandaron callar), una chica empezó a hablar por el móvil a un volumen suficiente como para que todos nos enterásemos de que no llegaba a Pamplona a ver a los toros, sus entrevistas de trabajo, y ya empezó con la vida sentimental del que la había llamado, hasta que de repente se le oye (más bajito): Oye, que me han dicho que hablo demasiado alto… Adiós! (Conste que no sé ni qué cara tenía, y puesto que detrás de mí estaban los ingleses, calculo que ella estaba muy atrás…)

  4. Bernardo Perdomo Romero dijo:

    Me encanta!

    Una vez en un vuelo largo me tocó de compañera una señora muy peculiar: iba pintándose las uñas en plena turbulencia, dejando esmalte no sólo en las uñas, sino en el dedo entero. Imposible no reírse al ver a aquella mujer intentando ganarle a las vibraciones del aparato aéreo.

    Lo que sí me pareció repugnante fue ver a una compañera de universidad limándose las uñas en plena clase de biología, ¡sólo faltaba eso!

    • Galleta dijo:

      ¡Hola!

      Muchas gracias por comentar, n.n Hemos de reconocer la valentía de la señora del avión, pues todo el mundo sabe que pintarse las uñas es una tarea ardua y difícil (yo me pinto el dedo en el salón de mi casa, con los pies bien pegados al suelo, así que no puedo imaginar cómo me quedaría la cosa si probara a hacerlo con turbulencias).

      Respecto a tu compañera de universidad… Me has dejado sin palabras. Yo en primero de carrera vi dos besándose apasionadamente en la última fila mientras la profesora intentaba explicar la lírica medieval. Al final los echó de clase, claro. Mira que no darse cuenta de que verlos, los iba a ver, porque la clase era de esas tipo anfiteatro con cada fila de mesas más alta que la anterior…

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