Mi madre

El día 31 hizo 11 años que mi madre se fue al Cielo, con el Jefe, así que fuimos al cementerio a llevarle margaritas blancas (el color blanco simboliza resurrección) y amarillas (el amarillo era su color favorito) y un ramo de espigas secas “quia est plena” (es decir, el Señor se la llevó porque estaba llena; como el grano de trigo que muere y da fruto).

Hace algunos años que ya no lloro cuando voy al cementerio. Antes, era poner un pie en el enlosado de la entrada y tener que sacar la sábana. Gracias a Dios, las cosas han cambiado. No es que ya no la eche de menos, porque este verano, por ejemplo, creo que la he extrañado a rabiar…cuando mi padre y yo estábamos en Rusia, era un constante pensar en lo que ella le habría gustado ir, (era muy viajera, fue muchas veces a Jerusalem a ver a mi tía monja y por eso me llevaron a mí allá el año después de su muerte); y cuando fui de peregrinación a Roma…bueno, entonces la echaba de menos porque siempre los viajes en plan cuchipandi me hacen tenerla morriña; pero ya no es esa forma tremenda de echarla de menos que te parte el corazón en dos. Eso sí, hay días en los que, no sé muy bien por qué, ese dolor regresa, pero normalmente está apandado en una esquinita del corazón. El caso es que, hay muchas maneras de que las cosas nos duelan, y esta “dulce indiferencia” que invade a lo largo del tiempo, no es otra cosa que un mecanismo del alma para fortificarse y salir adelante (si cada día llorase el mar de lágrimas que lloraba los primeros días, estoy segura que me deshidrataría), pero no quiere decir que no duela.

Mi madre se murió cuando yo tenía 6 años. La gente, insensible como es, suele decir “entonces no te diste cuenta” “bah, seguramente ni te acuerdas de ella” “hubiese sido peor más adelante” y otra serie de barbaridades con las que me hierve la sangre y me dan ganas de agarrar al susodicho/a por el cuello y gritarle “¡que te hubiese pasado a ti, marsupial!” porque si esos seres guachos son medio amnésicos y no recuerdan los siete primeros años de su vida, una servidora sí que lo hace. Y normalmente, cuando de niños se tienen experiencias “traumáticas” se suelen recordar de adultos. Así que yo recuerdo con gran detalle un montón de episodios de la vida con mi madre, como era de dulce y de cariñosa, y también, ¡¡qué mala onda tenía cuando se enfadaba!! (para que vamos a negarlo, es la verdad). Tampoco olvidaré el día en que dio a la campaña de Navidad mi muñeca favorita, entre mis lloros y pataleos (esa muñeca patinaba sola, era un primor) para enseñarme a ser generosa con mis cosas; y tampoco olvidaré sus frases como: “lo que se empieza, se acaba” (eso me lo decía en 3º de infantil cuando no quería ir a clase de natación) o “hay tres cosas en esta vida que no valen la pena: enfadarse, guardar rencor, y estar triste” o lo que decía cuando yo lloraba por alguna pequeña pena “mejor fuera que dentro, estar triste es malo, llorar no”. Pero quizá, lo que recuerdo con más ternura es como me leía el Evangelio antes de ir a dormir, explicándomelo (el de mayores, ¿eh? no esas ñoñas versiones adaptadas); u, otras veces, historias de santos (las de santa Cecilia, que me emocioné al ver la catacumba donde estuvo enterrada en Roma; santa Inés y las santas Perpetua y Felicidad, eran mis favoritas indiscutibles) para que tuviese héroes de verdad en vez de los “Powers Rangers” (que para mí eran los Pavos Rangers, unos pavos que saltaban vallas, pero literalmente); y, lo mejor, como me agarraba la mano mientras yo me dormía, y yo se la apretaba bien fuerte, pesando que de ese modo ella no podría irse de mi lado, pero, claro, a la mañana siguiente, había desaparecido. Para mí, estos años son los más reales de mi vida, como demuestra el que a los doce años soñara que el resto de mi vida fue un sueño y que seguía teniendo seis años y mamá me despertaba para ir al colegio. Así que por favor, dejad a la gente llevar su dolor a su manera, nunca les digáis “¿pero…no te importa lo que ha pasado?” o tonterías así, y nunca penséis que los niños olvidan fácilmente o no se enteran.

Por otro lado, tengo una ayuda muy grande con mi madre allá arriba. Es mi medio-cómplice, y a veces me ha sacado de más de un problema. Desde chiquita le hablo todos los días, y siempre he querido que se sienta orgullosa de mí. Sé que en el Cielo está mejor, con lo sensible que era, aquí habría sufrido demasiado con muchas cosas. Yo me imagino el Cielo como un gran campo con una laguna a cuya orilla estará mi madre sentada en nuestra postura favorita (las rodillas pegadas al tronco y los brazos rodeándolas), rodeada de el resto de la gente queridaque está ahí ya, contemplando sus aguas cristalinas a través de las que puede ver a sus seres queridos (a mi padre y a mí, sobre todo); mientras que al otro lado de la laguna la Virgencita canta, a la vez que Dios Padre, vestido de payaso, hace malabarismos mientras pasea por una cuerda floja de circo acompañado por el Espíritu Santo (que le va hablando de nuestros asuntos), y aconsejado desde abajo por su Hijo y los Arcángeles (Dios tb tiene derecho a divertirse, ¿no?). De ese modo todos están felicies, contemplando a Quien Más Los Ama, y a los que más aman en la tierra. Así que, ya veis, ¿dónde mejor podría estar mi madre?

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Acerca de Galleta

Sí, soy una galleta. Una galleta que es una filóloga hispánica reciente y a la que le gusta leer, mirar las estrellas y escribir por encima de cualquier cosa. ¡Ah, y el chocolate!
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Una respuesta a Mi madre

  1. Ununcuadio dijo:

    ¿Has leído “Una pena en observación” de C. S. Lewis? Describe muy bien los distintos estados del alma para superar la muerte de un ser querido, algo así como lo que tú haces en el post pero a la manera lewisiana e inglesa

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