Curioso

Es curioso tener a alguien toda la vida delante de ti, y pensar que sabes más o menos quién es, y cómo es tu relación con él, y cómo quieres que sea; y que, de repente, un día todo eso se venga abajo. Porque llega una enfermedad que todo lo arranca y lo primero que va cayendo es la personalidad, ya sea porque primero se borra lo falso y queda lo más auténtico o viceversa.

El caso es que, al final, queda desnudo como un niño. Y ahí es donde te encuentras con una persona que ya no tiene defensas y te deja darle todo tu cariño, y sabes que es alguien que te quiere y confía en ti de la manera más pura en la que alguien puede querer y confiar. No sabe muy bien quién eres ni por qué estás ahí, y es esa nube de verdad interna que a quedado en su interior la que hace que desde su desconocimiento se preocupe por ti (¡cómo vas a dormir sin sábanas!, ¡los barrotes de la cama están fríos!, ¡mira, somos tú y yo contra el mundo…!).

¿Cómo puede existir tanta bondad donde todo lo demás son ruinas y los otros bastiones de la personalidad han caído? ¿Será que el ser humano tiene un pequeño lago en su interior que si se ha cuidado hasta el final de la vida puede continuar puro y cristalino, y si se cuidó mal queda putrefacto? ¿Será que nos esforzamos por protegerlo porque no queremos que los demás, la vida, la realidad, nos lo ensucien?

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¿Cómo?

Lo he pensado muchas veces, ¿cómo se es feliz en un mundo donde todo está destinado a morir? ¿O acaso es la muerte lo que nos da la alegría de vivir, esas chispas de vida, ese afán de hacerlo todo? ¿O nos consolamos porque, aunque no seamos de los que experimentan las mayores alegrías, tampoco nos ha tocado formar parte de los que participan del colmo del dolor, y por eso nos regocijamos en nuestra eterna mediocridad? ¿Cuándo pactamos así con la vida?  “Viviré, sí, pero a cambio dame mediocres tristezas y mediocres alegrías” Entonces, habría que conformarse con una vida así, mediocre. Con familia y amores que quieran mediocremente (ni poco, ni mucho), con amigos que mediocremente te acompañen y con trabajos en los que, mediocre, desempeñes. Pero eso tampoco nos satisface. Queremos permanecer en el corazón de alguien, en la vida de alguien, incluso en la historia. ¿Será porque conocemos la muerte?

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Lo llevas contigo

El verano que se murió mi padre, yo solía pensar que iba a aparecer en cualquier parte. Le veía en las esquinas de nuestra casa del pueblo; saliendo de todos los coches que eran como el nuestro; en cada llamada que sonaba al salir de clase… Estaba en todas partes. Toda la realidad -mi subconsciente, tal vez- le goteaba, como si no quisiese que se fuera; como si se resistiese a su desaparición. Y ahí nació la idea de marcharme de España. Necesitaba escapar, vivir en un lugar que no me recordara constantemente que ya no le tenía. No deja de ser paradójico, cuando se muere alguien el miedo a olvidarle es casi tan grande como el miedo a recordarle demasiado.

Ha pasado algún tiempo desde que ese deseo nació y, ahora que lo he conseguido, me he dado cuenta que no se puede escapar. Estoy en otra ciudad, muy lejos de mi Madrid y de mi casa, pero, sin embargo, veo a mi padre en un trabajo del que nunca se podrá sentir orgulloso; veo a mi padre en un piso que jamás vendrá a visitar; veo a mi padre en cada videollamada que nunca me hará… Y sigo viendo a mi padre todas las noches, al caminar por la calle y ver la luz en las casas vecinas. Entonces en España recordaba mi casa vacía y, otra vez, la luminosidad y el calor de otros tiempos cuando él estaba y la oscuridad en la que todo se quedó. Y aquí, me sucede igual. Sé que allá en España él sigue sin estar y nadie me espera por Navidades como él me esperaría, con un gran abrazo de oso y un amor incondicional por su pequeña sabelotodo.

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El Día del Padre

Puestos a elegir entre el Día de la Madre y el Día del Padre, el Día del Padre siempre fue mi favorito. Hombre, la verdad es que el combate lo tenía muy fácil. Para el Día de la Madre, mientras mis compañeras de clase pintaban/escribían/esculpían la tontería que correspondiese a una madre real, la profesora de turno solía decirme: “Tú píntale algo a tu tía/abuela/tía segunda/prima tercera/a la Virgen María que es tu madre del Cielo”. Por lo menos, para el Día del Padre la persona a la que le estaba haciendo o intentando hacer un regalo era mi padre, y sabía que su interés en mi chapuza iba a ser real.

Tan real que cuando recogí las cosas de su despacho encontré una piedra pisapapeles que le regalé por el día del padre cuando tenía unos ocho años. Ya sabéis, la típica manualidad tonta: coges una piedra de jardín, la limpias bien, le pintas algo encima, la barnizas… et voilà! ¡Ya tienes un pisapapeles! Yo le había pintado un caracol (básicamente, lo único decente que sabía dibujar con ocho años, creedme) y allí estaba, una pila de años después, en su escritorio, con la pintura desconchada, pero aún se podía apreciar que esa cosa rara  pintada en una piedra pretendía ser un caracol. Nunca pensé que mi padre valorara tanto un regalo mío.

Regalar tonterías por el Día del Padre fue algo que siempre me gustó. Supongo que para desquitarme de todos los regalos del Día de la Madre que no tuvieron destinatario. Y que yo siempre fui muy cursi, y regalar fotos con pies de páginas llenos de lloreras y poemas lacrimógenos pues ha sido uno de mis puntos fuertes. Ahora los leo y me río mucho.

A mi padre le daba igual. Una de las mejores cosas de tener padres es que te quieren porque existes. Te basta con ser. No hace falta que hagas nada, no hace falta que seas especialmente buena persona, especialmente brillante, especialmente graciosa o lo que quiera que especialmente seas. Ellos te querrían igual. Aunque metieras la pata. El resto de personas de este planeta te quieren por algo: ya sea porque eres rubia y alta, porque eres muy inteligente, porque te portas bien con ellos o porque eres el alma de la fiesta. El amor incondicional se acaba con tu padre y con tu madre. El resto, una vez que dejes de ser como a ellos les gusta, te van a dejar de querer. Esa es para mí la tensión de no tener padres. Siempre tienes que esforzarte por mantener el cariño de la gente, porque sabes que no te basta con ser, siempre tienes que ser de alguna forma. Esto es lo peor; esto y verles no viéndoles en todos los lugares y momentos de tu vida donde deberían estar.

Sé que esta es una visión un poco triste y muy subjetiva. Es más, puede que no sea cierta. Pero es lo que pienso a veces. Echo de menos esa seguridad de sentirme querida pase lo que pase, haga lo que haga; la incondicionalidad del amor de un padre que no se cambia por nada. Sé que hay padres que no son así, y yo tuve suerte con el mío.

Feliz Día del Padre, papá, sigues siendo el mejor.

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Cuentos, muchos cuentos

Esta tarde hemos asistido en la Universidad a un coloquio con un autor actual, Gustavo Martín Garzo. Ha sido una experiencia muy bonita que yo he disfrutado mucho, pese a que a mí normalmente este tipo de eventos no me entusiasman demasiado (Es patético triste ver a profesores dando jabón alabando a autores que en el fondo no lo merecen tanto). En este caso, tras los elogios desmedidos un poco exagerados a la obra del autor, Martín Garzo, más que de sus libros, nos ha hablado de los cuentos de hadas en general y de la importancia que tienen en el crecimiento de los niños (lo cual dice mucho de él, ya que no va por ahí dándose autobombo).

Las ideas de Martín Garzo sobre los cuentos de hadas, que van en la linea de lo expresado por Bruno Bettelheim en su obra Psicoanálisis de los cuentos de hadas, nos abren los ojos al descubrimiento de que todos los niños, por queridos que sean, se enfrentan, por ejemplo, a la situación del Patito Feo y temen ser abandonados por no ser lo que sus padres esperaban de ellos; a la certeza de que, con La Bella Durmiente, se les revela a los niños la verdad esencial del ser humano: al nacer, entre los dones de la vida, recibimos también la maldición de la muerte; y a la comprensión de que, con el vestido de La Cenicienta, encaramos el problema de aparecer ante los demás como realmente somos. De esta manera, el niño (y el adulto) contempla en los cuentos su propia vida. Como decía Chesterton “Los cuentos de hadas son la verdadera literatura realista”. “En los cuentos está todo” afirma Martín Garzo. Pero no sólo él. Lérmontov también defendía la poeticidad de los cuentos populares.

Respecto a las versiones de los cuentos, Martín Garzo no se posiciona diametralmente en contra de Walt Disney, pero sí que admite que algunas versiones de los cuentos (las que no traicionan su esencia) son mejores que otras. Por ejemplo, en la versión de La Cenicienta de los hermanos Grimm (en la que las hermanastras se mutilaban los pies para intentar ponerse el zapato) es un árbol crecido sobre la tumba de la madre el que da a Cenicienta el vestido que le permite mostrarse a los demás tal y como es; es decir, ir al baile. ¿No es más hermoso esto que lo que figura en otras versiones?

Los cuentos tienen un valor simbólico muy grande. La Bella Durmiente es también la vida dormida que tenemos en nuestro interior, el mundo de los sueños que esperamos que se haga realidad, etc. El cuento es complejo porque el niño es complejo. El protagonista, como el niño, pasa maravillosas aventuras pero regresa siempre al hogar, aunque ya cambiado, enriquecido y capaz de unirse a su comunidad y aportar algo en ella. Los cuentos muchas veces relatan historias truculentas, no se limitan a decir “¡qué bonito es todo!”. Martín Garzo nos advierte de que hay que diferenciar las historias ejemplares (los cuentos con moraleja, o la traición que Perrault hizo a los cuentos clásicos) de los verdaderos cuentos. En estos últimos hay emociones fuertes porque el niño es un ser pasional lleno de impulsos destructivos y las necesita para canalizar esos impulsos. Tienen que verse reflejados en lo que leen, porque si ven tan sólo niños buenos en las historias pensarán que ellos son los monstruos, porque tienen celos y ambiciones dentro de sí.

Pese a esto, Martín Garzo defiende la llamada “Teoría del final feliz”. El cuento tiene que tener un final feliz para transmitir al niño la esperanza de que, a pesar de todos los pesares, si es valiente, generoso y heroico, será recompensado y todo acabará bien. Los cuentos tienen ese poder de ayudar a enfrentarse a la angustia porque ayudan a reelaborar las experiencias más duras y hacen a los niños más razonables y cuerdos a través de fantasías y locuras, aunque parezca paradójico.

Por todo esto, para Martín Garzo es esencial, casi una obligación, que los padres cuenten cuentos a los niños antes de ir a dormir para prepararlos para ese momento traumático en el que los van a dejar solos. Hay muchos padres que sólo les cuentan a sus hijos cuentos edulcorados para que no tengan miedo; sin embargo, como dice Martín Garzo (apoyado en esto por Bruno Bettelheim y Rodari), el miedo está dentro de los niños y los cuentos le dan la forma para expresarlo. Y no sólo eso, le representan el dragón (su miedo), sí, pero le dan también al caballero para enfrentarse a él (el medio para vencerlo). De la misma forma, es absurdo privar al niño de los cuentos con violencia, ya que la violencia es algo intrínseco en él, y necesitan canalizarla y expresarla de alguna forma.

Sobre su obra La Princesa Manca Martín Garzo nos explicó que la mutilación de los protagonistas de los cuentos tiene que ver con la naturaleza incompleta del ser humano a quien siempre le falta algo. La vida es una sucesión de pérdidas, y eso lo reflejan los protagonistas de sus obras y de los cuentos clásicos. En La Princesa Manca  Martín Garzo rinde homenaje a Las mil y una noches, porque ninguna vida cabe en una sola historia (en consonancia con lo que se dice en uno de aquellos cuentos “La verdad no cabe en un solo sueño”) y todas las historias hablan de nuestra verdad. Para Martín Garzo los libros son como la partitura de un músico, en manos de diferentes intérpretes sonará distinto, y eso está estrechamente unido con la historia de cada uno.

Para Martín Garzo la literatura no es un hábito, sino una pasión y sólo se puede transmitir con entusiasmo. Si los alumnos ven a su profesor entusiasmado con un libro puede que se pregunten qué le pasó al leerlo y qué les puede pasar a ellos si también lo leen. Él afirma que de la literatura y la poesía no se puede escapar, porque están en la vida y tienen que ver con los momentos intensos de la vida. Por tanto, aunque no leas, te las vas a encontrar. Tener una vida vulgar es la única forma de escapar a la literatura. Un escritor utiliza esos momentos singulares al escribir su obra y uno puede hacerlos suyos al leerlos. Esa es la magia de las letras.

El autor dijo muchas cosas más en el encuentro, pero yo he recogido unas pocas ideas. Sobre la importancia de los cuentos, sólo cabe recordar una curiosa anécdota que dice así: Un día, una madre angustiada le preguntó a Albert Einstein qué debía hacer para que su hijo mejorar sus facultades intelectuales. Él le respondió: “Leále cuentos.” “¿Y qué le leo después?” “Más cuentos” “¿Y después de eso?”, insistió la madre. “Aún más cuentos”, afirmó Einstein.

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En vano

Tercera versión; Berlín.

Aguarda un cielo azul y una noche estrellada, entonces ellos volverán. Saldrán de aquella isla, de acantilados altos y más altos cipreses, y volverán a ti. Te saludarán, contentos, tristes, meditabundos. Vivir en una ciudad de roca no era tan malo, te dirán. Tal vez eran felices… Más felices que tú, mucho más, quizá… Acaso no sentían… O si eran cristianos, su cielo era más grande, más luminoso, más amable… O puede que tuvieran siete cielos, o que se reencanaran y tú ni siquiera te enteraste, y los tenías allí, junto a ti, en el sonido del grillo que cantaba y de la abeja que zumbaba.

No es que les importara. Ya no, habrían vuelto, y su situación anterior les sería indiferente, como un sueño. Incluso quizá, a ti se te fuera olvidando que alguna vez se marcharon. Y la vida os asfixiaría de nuevo (a ti, a ellos) hasta que la isla de los muertos, el cielo amable, los siete cielos, el canto del grillo o el zumbar de la abeja se desvanecieran poco a poco. Y tal vez un día, en el fragor de la batalla de la vida, llegarías a desearles la muerte. Entonces, su primer viaje habría sido en vano.

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